Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado con ganas de llorar.
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Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
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Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,brindar a tu salud.
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Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
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El Oro del Rhin es un café muy bonito y tradicional de Montevideo. Allí me encontré con Claudia hace pocos días.
Habíamos pasado un fin de semana juntos, luego de años, y todas las situaciones se ordenaron para nosotros. La historia de amor de mi vida era al fin reconocida y aquí estaba yo, en un barcito esperándola, luego de romper todos los nudos, libre , porque había entendido que uno sabe desde mucho tiempo antes lo que debe hacer, pero a veces siente miedo, y elige vivir la vida que no le corresponde.
Mientras la esperaba, recordé los sitios donde habíamos estado, sobre los que yo había construido mi vida. Grandes cafés sobre terrazas en Portugal, pequeños chiringuitos en las playas de España, y, sobre todo, los cientos de bares de Buenos Aires donde yo recordé a Claudia durante años.
Si la ciudad ( la vida) es un espacio oscuro y hostil, un mar embravecido donde siempre esperamos el choque y el naufragio, los bares me han resultado sitios seguros. En esos lugares, en mesitas junto a la ventana, yo imaginé durante años el desarrollo de la historia de amor que comenzó en Miranda do Douro. Los cafés de Buenos Aires (tan parecidos a este de Montevideo donde ahora la espero) fueron veleros firmes en los cuales yo navegué sereno hasta llegar aquí.
Pensaba ahora – mientras la esperaba – que tal vez la vida no era un camino, no había veleros en aguas borrascosas que llevaban a destinos seguros. Tal vez no podíamos pedirle caminos y puertos a tanta tormenta, tanta oscuridad.
Pero si esto era así, si todo era gritos y desorden, los barcitos eran sitios fuera del desastre. La presencia de algunos amores, la memoria que queda en mi corazón de la gente que amé, eran espacios libres de la tempestad. Y yo la esperaba a ella , que venía hacia mi. El amor que siento ahora me protege en la tormenta. Me saca del naufragio esta pasión.
- Hola.
La vi entrar y temblé, como siempre
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Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
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Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
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No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
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Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
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Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
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Sabina
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